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Entre Barrabás y la boleta

  • Foto del escritor: MrMORAMx
    MrMORAMx
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura

Hay historias que no envejecen. Solo cambian de escenario.


Entre Barrabás y la boleta Hay historias que no envejecen. Solo cambian de escenario.
Entre Barrabás y la boleta Hay historias que no envejecen. Solo cambian de escenario.

La Semana Santa no es únicamente un momento de recogimiento espiritual; también es un espejo incómodo. Uno que no siempre queremos mirar de frente. Porque más allá de la devoción, hay decisiones humanas que se repiten con una precisión inquietante.


El episodio es conocido: el pueblo tiene frente a sí dos opciones. Por un lado, Jesús: un hombre que predica amor, justicia, coherencia y transformación profunda. Por el otro, Barrabás: un personaje asociado con la violencia, el desorden y la ruptura del tejido social.


Y sin embargo, eligen a Barrabás.


No por error. No por confusión. Por decisión.


La pregunta no es por qué ocurrió. La pregunta es por qué sigue ocurriendo.


En México, cada proceso electoral parece reeditar ese momento. No en templos ni en tribunales romanos, sino en urnas, campañas y conversaciones cotidianas. Ahí donde la ciudadanía, con plena conciencia o desde la emoción, vuelve a elegir candidatos preparados, con trayectoria, propuestas estructuradas y visión de largo plazo… frente a perfiles que dominan el espectáculo, el discurso fácil, la promesa inmediata o el carisma sin sustancia.


Y otra vez, Barrabás.


No porque no haya opciones distintas, sino porque muchas veces no resultan atractivas. Porque exigen más: más análisis, más responsabilidad, más paciencia. Jesús no ofrecía soluciones rápidas ni aplausos fáciles; ofrecía un camino incómodo, pero profundo.


Barrabás, en cambio, representa lo inmediato. Lo visceral. Lo que conecta con el enojo, con la frustración acumulada, con el deseo de romperlo todo sin necesariamente construir algo mejor.


La política mexicana —y habría que decirlo también, la sociedad mexicana— no es ajena a esa tentación.


Elegir mal no siempre es un accidente. A veces es un reflejo.


Reflejo de una cultura que prioriza la simpatía sobre la capacidad. El discurso sobre los resultados. La identificación emocional sobre el análisis racional. Reflejo de una ciudadanía que, cansada o desencantada, opta por lo que le habla fuerte, aunque no le hable claro.


Porque elegir a “Jesús” —en este contexto— implica apostar por la congruencia, por la preparación, por proyectos que no siempre son espectaculares, pero sí sostenibles. Y eso, en tiempos de inmediatez, suele perder popularidad.


La metáfora incomoda, sí. Pero también revela.


Tal vez el problema no está únicamente en quienes buscan el poder, sino en quienes lo otorgan. En esa capacidad colectiva de distinguir entre fondo y forma, entre promesa y propuesta, entre ruido y rumbo.


Semana Santa invita a la reflexión. No solo espiritual, también cívica.


Porque al final, más allá de la historia, cada generación tiene su propia elección.


Y la pregunta sigue vigente:

Cuando llegue el momento, ¿a quién vamos a soltar… y a quién vamos a condenar? Peor aún, ¿a quién le vamos a creer? ¿A quienes ya han estado en el poder y han hecho un pésimo trabajo? ¿A los que cierran acuerdos, dan la mano, miran a los ojos y después no responden los mensajes o se olvidan de la gente? ¿A los que juraron servir al pueblo y terminaron sirviéndose de él?

Ojo: en México, en Puebla y en Texmelucan, ya hay varios “amigos” sonriendo. Pero lo hacen con la misma desfachatez de Barrabás, confiados en que el pueblo olvida, en que se vende por un apoyo inmediato o en que, llegado el momento, volverá a dejarse llevar por el eco de siempre:

“Liberen a Barrabás”.

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